sábado, 27 de mayo de 2017

Salta. Escuela Hospitalaria 7215



 

Revista Educativa El Arcón de Clio 
Entre tantas preguntas, quiero finalizar con dos respuestas. Una de ellas, me la dio el director del instituto, cuando le pregunté: ¿si la sensibilidad me supera y si no me aguanto? Él se sonrío, observó mis nervios al hablar y sere- namente me dijo: “cuando esto deje de sensibilizarte, signifi- cará que este trabajo ya no es para vos”.
Hace dos semanas leímos con Pablo “La rayuela que no jugué”. De la lectura, participó además su mamá que relató lo que sabía sobre la última dictadura militar argenti- na. Segunda respuesta: cuando los papeles empiezan a que- marse, algo está funcionado demasiado bien. Profesora Agostina Arias.


Crónica de una docente…a la que se le quemaron los papeles.
Este texto es enviado por la Escuela Hospitalaria y Domiciliaria Nº7215 Nivel Secundario – Provincia de Salta.
La travesía
Ser docente domiciliario y hospitalario es ser el docente de la pregunta. Como muchos de los profesores de la Escuela Domiciliara y Hospitalaria, me considero una profesora de Lengua y Literatura que tiene más in- terrogantes que respuestas. Recuerdo mi primera clase: miércoles, ocho treinta de la mañana, primer módulo.
Con una compañera, nos dirigimos al domicilio de uno de los alumnos, Pablo, que hacía unos meses que había ingresado a la institución. A las ocho menos cuarto, nos encontramos en la parada del colectivo que nos lleva- ría y que, efectivamente, lo hizo pero después de muchos minutos de espera y de ver pasar el corredor por comple- to lleno de pasajeros. Al llegar al barrio en la zona sur de la Ciudad de Salta donde se encontraba la casa en la que se alojaba el alumno, caminamos un buen tiempo miran- do numeraciones, nombres de calles, esquivando perros, observando detalles que pudieran servir como señales de nuestro destino. “Perderse la primera vez (como dicen los profesores con más camino en la modalidad) es la clási- ca”.
Se queman los papeles
Mi travesía como docente domiciliaria, sin em- bargo, había comenzando dos días antes cuando me acer- qué a la sede, busqué el legajo de Pablo y noté que este alumno no tenía un diagnóstico definitivo. Como suele decirse, “se me quemaron los papeles”, desde ese momen- to, desde el inicio. Preparando la clase, pensé en una ac- tividad para conocernos, eso que los docentes llamamos, tomando del término del discurso médico, “diagnóstico”. Decidí plantearle una lectura de un microrrelato, “La rayuela que no jugué”, iniciar una conversación sobre los juegos en los que hemos participado de chicos y elaborar una “rayuela que sí jugué”.
Me pareció que este texto me permitiría trabajar con comprensión lectora, construcción de sentidos y, ade- más, daba lugar a actividades más bien lúdicas para las próximas clases. Sin embargo, pronto las dudas comenza- ron. Cualquier profesor de Lengua y Literatura sabe que una de las tareas más difíciles en el proceso de planifica- ción y elaboración de las clases es la selección de textos ya que implica pensar en los criterios con los que elegi- mos los materiales, los intereses de nuestros alumnos y la riqueza de los textos para enseñar. Si elegir un texto siempre es difícil, en mi primera experiencia como docen- te de la modalidad la dificultad estaba muy por encima de otras situaciones.
Las clases fueron pasando, este era mi alumno. Descubrí que no le gustaba mucho hablar, que siempre pre- fiere estar callado y que su virtud es decir lo justo en el mo- mento indicado y que definitivamente no tenía tanto que ver con su accidente, más allá de la afección facial. Con el tiem- po, Pablo fue conociéndome. La mayoría de las veces en si- lencio, pero me da lugar a hacerle preguntas, a llamarle la atención y a hacerle chistes a lo que él suele responderme con una sonrisa sincera. También descubrí que a Pablo le gustaba el fútbol, que en su escuela había hecho muchas travesuras, que disfrutaba de ver tele y que con actividades como mirar videos la pasábamos mucho mejor.
¿Por qué recuerdo mis clases con Pablo?, los desa- fíos a los que me enfrente con este alumno fueron muchos desde el principio. ¿Qué hacer cuando tu alumno, tu único alumno, no puede o no desea comunicarse con vos? , lo pri- mero que intenté hacer es buscar respuestas, comprender qué llevaba a Pablo a adoptar esa actitud: su estado de sa- lud, su accidente. Esa fue mi primera respuesta, así como antes de elegir un texto lo fue “que no asocie con la muerte”. Hoy, los desafíos e interrogaciones crecieron. No obstante, las preguntas en mi clase de lengua hoy están relacionadas con cómo lograr que Pablo adquiera seguridad para comuni- carse en contexto como la escuela, cómo preparar una clase en que pudiera expresarse como deseara, qué estrategias utilizar.
Preguntas de una profesora domiciliaria
La docencia por sí misma es el trabajo de la pregun- ta: ¿qué contenidos enseño?, ¿qué estrategias utilizo?, ¿cómo enfrento a mi grupo clase?, ¿cómo hago para que mis clases tengan sentido?… Si esto es así, ser profesor en la escuela hospitalaria y domiciliaria, entiendo, implica convertirse en un gran auto observador del rol docente.
¿Qué tengo que hacer, qué tengo que enseñar?, ¿y si esto no es para mí?, ¿tiene sentido enseñar a jóvenes que están en situación de enfermedad? Ser docente de esta mo- dalidad, es ser el maestro de la pregunta. Cada encuentro con nuestros alumnos es entregarse a un mar de cuestiona- mientos.
Estamos obligados a repensar nuestro rol como pro- fesores, a mirar con una lupa nuestras representaciones y los objetivos de las clases. Como todo docente, corremos ries- gos y, en nuestro caso particular, uno de los principales es el del rótulo: traumatismo de cráneo, pérdida de masa encefá- lica, oncológico, enfermo. Muchos fuimos los que más de una vez antes de saber el nombre, preguntamos “qué enferme- dad tiene”. Quizás es el temor a lo desconocido, ese miedo al que tenemos que enfrentarnos en cada clase cuando ni si- quiera conocemos el barrio en el que viven nuestros estu- diantes. Tenemos el desafío de avanzar sobre esta mirada, sin olvidar que nuestros alumnos están en una situación distinta, pero que, al mismo tiempo, quien está en frente es un joven que quiere jugar, divertirse, que le gusta la música, que se enamora, que se enoja.
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